Capítulos II y III

II. La prisa amena.

Desde que la conocí, supe en su mirada que había algo más. Sus ojos grandes, bien abiertos, pero profundos e intensos, me decían que había algo que le faltaba, me daba la impresión de ver un edificio en su etapa media de construcción. Fuerte en su estructura, alto y majestuoso, pero con detalles que evidentemente hacían saber que lo mejor estaba aún por venir.
La primera vez que cruzamos palabra fue en un aeropuerto, yo iba rumbo a mi visita familiar anual, ella no llevaba rumbo, lo supe después, en una de nuestras prolongadas charlas después de hacer el amor. Nos encontramos en la puerta que da al exterior, por caballerosidad y cortesía deje que pasara primero.
Ella viajaba ligera, apenas cargaba con un maletín que me hacía saber que no iba de vacaciones, pero tampoco de trabajo. No vestía formal, traía unos pantalones deportivos grises, una chamarra tipo hoodie color azul rey y por debajo una playera que apenas se asomaba color rosa deslavado.
Su cabello no estaba peinado, pero tampoco era una maraña. Seguramente durante la madrugada se pasó el cepillo un par de veces y nada más. Sin embargo su cara era pulcra e inmaculada.
No lucia maquillaje alguno, sin embargo sus labios eran rojos por naturaleza, grandes y bien enmarcados por un par de arrugas que apenas se notaban, lo cual me decía que era una mujer que reía a menudo. Tenía un par de cejas fuertes, pero bien delineadas que enmarcaban aquellos ojos grandes y almendrados de color café.
Su nariz era imponente, pero no de una manera desagradable, hacía que su rostro tuviera una simetría perfecta.
Era un poco menos alta que yo, lo cual la hacía una mujer de estatura a comparación de las demás. Su complexión era ideal: esbelta y bien torneada, inferí que se ejercitaba con frecuencia, tanto por su ropa como por su figura. No reparé en más detalle al momento por la prisa que llevaba, sin embargo cuando pasó me hizo un gesto amable y esbozó una media sonrisa, fugaz como una estrella de paso; tan simple y tan perfecta que hasta el más escéptico no tiene mayor remedio que pedir un deseo, por si las dudas…
La percepción sensorial periférica siempre es traicionera. Está condicionada por aquellos factores contextuales que nos rodean y por las situaciones emocionales de turno. Nunca me he podido fiar de ella por completo. Sin embargo, la percepción metafísica es una que nunca me he podido explicar, pero siempre he sabido que está ahí.
Aquella sensación de calor cuando uno pasa por un lugar que recuerda con añoranza, la melancolía que invade a los cementerios, aquella sensación que sacude la espina dorsal desde su origen hasta su fin cuando se conoce a alguien que no nos da “buena espina”, o aquellos roces a distancia que se sienten cuando conocemos a alguien que, sin mayor aviso, nos deja perplejos.
Mi memoria siempre falla cuando se trata de recordar contextos y espacios, caras y formas, sin embargo, guarda un lugar especial para las sensaciones de esa naturaleza.
Apenas le di el paso y mi piel sintió una descarga eléctrica sin igual de manera simultánea en todo el cuerpo, sentí que los pelos de la espalda se erizaron como cuando los gatos se salen de sí.
-Permiso- dijo sin mirarme a los ojos. Con un ademán le di el paso…

III. El novelista

Hacía una tarde lluviosa de enero, Paula se recogía el cabello a la orilla de la cama mientras yo calaba una y otra vez un cigarrillo, de vez en cuando sacudía la ceniza en un cenicero de cerámica postrado en la cómoda de mi cama.
Después de haberse cogido el cabello en una cola de caballo, Paula se recostó a mi lado, buscando mi brazo para rodearla con él. Ambos yacíamos desnudos en la intimidad de la noche, una de tantas de las que yo pensaba se habían hecho para nosotros. Una en la que no nos preocupábamos por otra cosa más que amarnos y darnos todo de sí.
En aquel entonces vivía en un piso modesto, mi trabajo me daba para vivir cómodamente, aunque esto había sido fruto de mucho esfuerzo y dedicación. De vez en cuando gustaba de algunos lujos, nada fuera de lo común, ni tampoco algo que desfalcara completamente mi cuenta de banco. Después de todo siempre fui conservador con mi dinero.
A Paula y a mí nos gustaba contarnos la historia una y otra vez de cuando nos conocimos. Cada quien con su versión muy propia y adueñada. Siempre nos sorprendíamos cuando cavilábamos cómo las fortunas del destino nos llevaron hasta donde estábamos en ese momento; cómo el vaivén de los sucesos que ocurren en dos existencias paralelas jugaban a juntarnos y a separarnos una y otra vez, hasta que estuvimos convencidos de que era momento de hablar honestamente del papel que jugaba cada quien en la vida del otro.
Los juegos de alteridad siempre se me habían antojado azarosos, una existencia siempre se me ocurría tan imprecisa y tan efímera, como la subjetividad del ser mismo, por lo que siempre le tomé mucha seriedad a esas cosas del destino.
La palabra clave de dichas interacciones era serenidad.
Siempre le escribí mucho, para que me leyera y para que no. Cartas y cartas con destinatario y sin él. Incluso cuando no le dedicaba las letras, de manera inconsciente lo seguía haciendo, ese es uno de los vicios más arraigados que siempre tuve, es uno que a la fecha no me he podido quitar.
-Me encanta cómo me escribes- Interrumpió Paula el silencio de nuestros pensamientos. -Esas palabras que usas, la pasión que siempre has tenido con todo lo que te gusta…- continuó. Esbocé una sonrisa hacia ella, y la acerqué más a mi pecho, ella se resistió. -¿Por qué escribes?- me cuestionó.
Recuerdo que desde los primeros días en los que intimamos, prometí que iba a escribir una novela que nos iba a hacer millonarios. Una que tratara de ciencia ficción, que dibujara con letras lo más recóndito de los viajes del tiempo, las paradojas de los viajeros astrales. Mil y un cosas que cuando más joven aquejaban mi mente.
Las letras, le respondí, son las fotografías perfectas. Si bien es cierto que una imagen dice más que mil palabras, a veces me cuesta mucho recordar sentimientos, emociones y vivencias simplemente viendo fotografías. Verás, mi mente siempre ha sido muy dispersa.
Hay cosas que hoy te quiero decir que mañana olvidaré, pero si te las escribo, las letras van a inmortalizar esas emociones, siempre y cuando las guardes y las recurras de vez en vez. Hay veces que ni las palabras alcanzan para definir todo lo que uno guarda dentro de sí.
Hay otras en las que la misma lírica y la retórica resultan exageradas, pero siempre, siempre, cumplen con transmitir la parquedad o la exaltación que las emociones nos hacen vivir.
Las letras cumplen con un significado, y les damos significantes. Las letras siempre llevan un destinatario, aunque este no se dé cuenta. Es por eso que siempre te escribo y, aunque no siempre te entregue mis palabras, sé que estarán ahí para cuando quiera recurrirte, cuando quiera recordarte.
Sin embargo, conforme crezco la complejidad de las emociones también aumenta, es por eso que siempre intento renovarme, siempre intento cosas nuevas, aunque no siempre sea lo más adecuado. Hoy, por ejemplo, te escribí un sonetito que nunca vas a leer.
Su mirada se volvió hacia a mí, como reclamándome aquella confesión. Sabía que insistiría hasta que se lo mostrase, y lo hizo… pero yo no.
A veces pasaban días sin que platicáramos. Aprovechaba esos días para ponerme al corriente con mi novela, una que contara nuestra historia, porque quería que el mundo entero, o al menos a quienes llegara, supiera lo mucho que habíamos vivido para llegar a donde estábamos.
Aunque de vez en cuando, siempre, pensara en ella durante esos días, la distancia me ayudaba a reflexionar hasta donde habíamos llegado. Lo mucho que nos habíamos querido durante esas semanas. Lo que había aprendido, y también la manera en la que había aprendido a convivir con nuevas facetas de ella.
Sin embargo, nunca pude evitar pensar en lo que pudiera rondar por su cabeza…
Paula era una mujer con muchos matices. Desde que la conocí hasta ayer, siempre descubría algo nuevo. A veces me costaba trabajo seguirle el ritmo, otras, prefería que se adelantara. Ella siempre fue dos o tres pasos delante de mí.
Entre toda aquella complejidad, yacía una mujer bondadosa, fuerte y muy ambiciosa. Tenía metas de vida que, hasta que la conocí, nunca pensé que fueran posibles.
Encendí otro cigarrillo, y reproduje la sonata 14 de Vivaldi, con la que siempre me gustaba escribir…
El insomnio de Paula
A propósito de las ataduras y embestiduras que la sociedad esmera sobre sus allegados. Buscan repartir insípidos saludos ante tanta algarabía y llegan a no tener más que un par de monedas en sus bolsillos. El arrepentimiento le llega hasta el más misericorde, y sin búsqueda ni partida, como una ráfaga de viento, se lleva todo de paso.
La lúgubre sonrisa que una vez le iluminó ya no es más; Paula sabía que quien era dejaría de serlo, para convertirse en una marioneta de sus recuerdos sombríos. A ella nunca le importaron las sociedades anquilosadas que oxidaban las relaciones interpersonales. Las etiquetas comunes le venían holgadas, por lo que siempre prefirió dejárselas de lado, para simplemente vivir un día más.
Paula tomaba café, pero prefirió una vez dejarlo de tajo. Sus mañanas no eran las mismas. Paula bebía en exceso, hasta perderse y desvariar, pero un día sin aviso dejó de visitar los bares de su juventud; las amistades parranderas buscaban de su compañía. Sin embargo, ella optaba por no contestar el teléfono. Se quedaba en casa, a disfrutar a su familia: un gato, un sillón y una cobija.
Pasaba las noches leyendo mil y un temas, viajaba de tierra en tierra, las cabezas de los poetas y grandes cuentistas. Culminaba las largas noches de lectura con un suspiro, quizás un té y una ducha hirviendo de caliente. Se ponía alguna braga de algodón, los pijamas de franél y dejaba sus senos libres por la noche. Paula tenía un trabajo. Era una realidad que no podía andar por la vida leyendo y bebiendo té –aunque fuera una de sus más salvajes fantasías-. Debía apurarse a dormir porque al día siguiente la jornada comenzaba temprano. La oficina no iba a esperar, ni la vida.
Dando una y dos vueltas en la cama, Paula no se decidía a si hacia frio o calor. Intentó primero encobijarse hasta la cabeza, pasados unos minutos comenzó a sentir unas gotas de sudor tibio perlar su frente. Con tres patadas hizo la cobija a un lado, se pasó la manga de su franela ligeramente sobre su frente y se dispuso a dormir. El sudor evaporándose de su frente comenzó a ondear, para después dejar en descubierto una nueva sensación, comenzó a sentir a piel viva una ligera brisa que recorría su cuerpo, buscaba un medio, una grieta en su ajuar y por medio de ella comenzó a infiltrarse de manera sigilosa sobre sus piernas, erizando los cortos bellos que las recubren.
De pronto la brisa subió hasta su vientre, pasando sus intimidades, y justo cuando comenzó a sentir endurecimientos, fue cuando por fin decidió que era frio lo que sentía, la sensación era conocida. Llena de arrepentimiento, a ciegas, palpó por todos lados de la cama para halar una de las esquinas de la cobija hacia con ella. Muy a su pesar, sólo pudo alcanzar una de las sábanas que componían las capas con las que se protegía.
Pensó sería suficiente.
Paula mira el reloj… han pasado ya cuarenta minutos desde que por primera vez se dispuso a dormir. La destemplanza le había costado ya casi una hora de preciado sueño reparador. Paula contempla el techo y se dispone a dormir.
Cierra los ojos y comienza a sumirse en una tranquilidad absoluta. Su cuerpo se comienza a soltar y siente que pesa cada vez menos. Por su cabeza pasan imágenes, como película, haciendo reminiscencia a todo lo que leyó un par de horas antes. Ahí era en donde todo tomaba vida de verdad. Podía ver con claridad impecable los rostros de aquellos personajes que protagonizaban la historia tan desgarradoramente adictiva a la que dedicaba su tiempo. Recordaba algunas líneas y pasajes de manera casi perfecta, otras simplemente las parafraseaba, sin perder, por supuesto, el ritmo y el sentido de la historia.
Paula les ponía voz y gesto.
La sala se encontraba desierta. Las luces apenas alumbraban el andador, en el ambiente se respiraba un sopor de incertidumbre y hierro. Una de las lámparas comenzaba a parpadear a intervalos arrítmicos. A lo lejos se escucha una puerta azotar. Se acerca, pensó la señorita Adams, mientras apresuraba el paso dejando huellas de sangre conforme avanzaba. De pronto, una puerta más cercana se escuchó retumbar. Decidió apretar más el paso, esta vez dejando el sigilo de lado. Los tacones hacían más ruido cada vez. La señorita Adams escuchaba pasos ahogados y apresurados a lo lejos. No había lugar a dudas, la estaban persiguiendo. Esta vez iba en serio. Con todo el valor que le quedaba, echo un vistazo atrás, la iluminación no le permitía ver más allá de algunos metros. No captó peligro alguno, sin embargo, los pasos ahí seguían.
Sin siquiera pensar en detenerse, la Señorita siguió su paso, había que doblar a la izquierda en la siguiente oportunidad, era un edificio grande y se tenía que conocer muy bien para evitar perderse entre sus alas y corredores. La salida estaba cada vez más cerca, sentía. Su corazón no bajaba el ritmo, sentía como golpeaba cada vez más violentamente las paredes de su pecho. Su respiración era agitada, pero no perdía la delicadeza y elegancia que siempre la acompañaba. La sangre de sus zapatillas se había secado, ya no dejaba rastro. Viró a la izquierda y logró por fin ver la salida. Corrió hacia ella, ignorando ya completamente todo intento por pasar desapercibida.
Paula comenzó a agitarse también, pensar en aquella novela que la tenía tan atrapada definitivamente no le hacía bien. Eran ya las tres de la madrugada. Había perdido ya una hora más de sueño.
Paula, desde pequeña, sabía que las tres de la madrugada era una hora tenebrosa. Las historias que contaba su abuela tenían esta hora de la noche como protagonista, casi siempre. A las tres de la madrugada, decía la viejecita, se abrían los portales al inframundo, y todas las ánimas en pena comenzaban a deambular por las casas, las calles, los edificios y los hospitales.
A las tres de la mañana fue cuando a tu abuelo se le apareció el chamuco, decía siempre con una credibilidad envidiable para muchos políticos y comunicadores. Después de una borrachera, tu abuelo y su compadre iban a regresarse a la casa. Tomaron un atajo por la alameda y entre que se caían y se reían, se acompañaban a su destino. Tu abuelo siempre había sido muy coqueto con las mujeres, no respetaba casta ni alcurnia. Justo a la mitad del parque, un calandriero les hizo una señal. Faltos de juicio se acercaron lentamente. El calandriero, un hombre de unos 40 más o menos, con un gran bigote muy bien cuidado y una ropa muy fina, les convenció a subir con él, argumentando que iban para el mismo rumbo.
Paula siempre se preguntó, desde muy pequeña, cuando por primera vez escuchó la historia del chamuco de Alameda, cómo es que el calandriero sabía hacia dónde se dirigían su abuelo y su compadre a tan altas horas de la madrugada. Pero también aprendió desde niña que a los ancianos no se les cuestionaba, que era una falta de educación hacerlo, por lo que esa duda y muchas más le aquejarán hasta el final de sus días, porque su abuela había muerto hace un par de años ya.
Al subir a la calandria, muy adornada, se encontraron con una mujer rubia, de proporciones venusianas, con labios gruesos y ojos azules, profundos y seductores. La mujer les sonrió, dejando entrever una dentadura perfecta. Tu abuelo –continuaba mi abuela- no iba a perder oportunidad con tremenda mujeraza, estoy segura –y se reía, siempre se reía en esa parte-. La mujer rubia comenzó a hacerles gestos sugestivos a los dos. Los invitaba con un dedo a que se acercasen, y ni tardos ni perezosos ambos se sentaron, uno de cada lado de ella. Con una mano en cada pierna de la dama, tu abuelo y su compadre comenzaron el cortejo, ¡ay! Estos hombres nunca cambian.
Paula de pronto tuvo una epifanía: seguramente por aquellas historias, comentarios y programaciones tempranas por parte de su abuelita, seguía soltera. Nunca se le había dado eso de confiar, y menos en los hombres. Todo tenía sentido ahora.
Justo cuando los hombres comenzaban a caldearse más en ánimos, la despampanante mujer se convirtió rápidamente de la cabeza solamente en el mismo chamuco, con cuernos y todo. El calandriero chicoteó dos veces a los caballos y ellos relinchando comenzaron a correr frenéticamente. Se comenzaron a escuchar relámpagos y el chamuco se reía estruendosamente. Ambos, tu abuelo y su compadre, desesperados y asustados comenzaron a llorar. Así los encontré a los dos en el zaguán de la casa, abrazados y llorando, semejantes maricones, quién los hubiera visto, no los reconocería.
Cuando a Paula le contaban esta historia, no sabía si reír o asustarse. El final tan ridículo e imaginarse a su imponente y macho abuelito llorando abrazado de otro hombre le pareció siempre muy chistoso. Y por otro lado, el concebir que el mismo chamuco anda rondando las calles de esta ciudad, buscando borrachos desprevenidos para llevárselos…
De pronto sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Miró el reloj, eran ya las 5am. Entre la cavilación y remembranzas había perdido ya casi todas las horas de sueño que le restaban. No sentía frio de repente, tampoco calor, no estaba asustada o intranquila… no había pensamientos, no había remordimientos. Su abuela ya descansaba y eso estaba bien. Las dudas que la aquejaban volvieron a postrarse pacíficamente en lo recóndito de su subconsciente. El calandriero y el chamuco volvieron a dormir. La señorita Adams, ya no corrió… por fin logró conciliar el sueño, el día por comenzar iba ser muy pesado y las horas que restaban eran muy pocas. Era mejor así.
Conforme pasaba el tiempo, las tardes se hacían cada vez más largas para Paula. Después de haber terminado sus estudios y comenzado a ejercer como administradora de una fábrica de textiles, ella sentía que su vida se iba convirtiendo en un remolino de formalidades, responsabilidades y deberes… una rutina. Hacía ya tres años que había terminado la universidad, no sabía si seguiría sus estudios por medio de un posgrado, si haría carrera en su actual empresa, o si simplemente dejaría todo un día en el que ya no pudiera más para hacer un viaje sin retorno a los paisajes y ciudades que siempre había anhelado conocer.
Paula se había desconectado de todo el mundo que la rodeaba. Había dejado de convivir tanto con sus amigos de antaño y los de la universidad por igual. Se aislaba de tal manera, que muchas veces dejaba de contestar los mensajes, correos y llamadas; no porque estuviera ocupada, sino porque simplemente no se le apetecía hacerlo.
Siempre disfrutaba de la soledad, eso nunca cambió. Sin embargo, por salud mental, siempre procuraba reunirse de vez en cuando con sus amigos, que insistentes la hacían salir a algún bar para platicar o para bailar. La idea de lo último nunca le desagrado.
Paula tenía un espíritu fiestero por naturaleza, bailaba como ninguna otra mujer que haya conocido y cantaba siempre a todo pulmón, con una afinación excepcional, para no hacerlo de carrera. Siempre amena y lista para platicar o continuar una conversación.
Ella era una mujer cuya compañía siempre era muy solicitada. Si algún despistado la viera interactuar con el mundo exterior, diría que nació para la convivencia; siempre haciendo sentir bien a quien la acompañaba e iluminando todo a su alrededor. Qué gran error cometía.

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El insomnio de Paula

A propósito de las ataduras y embestiduras que la sociedad esmera sobre sus allegados. Buscan repartir insípidos saludos ante tanta algarabía y llegan a no tener más que un par de monedas en sus bolsillos. El arrepentimiento le llega hasta el más misericorde, y sin búsqueda ni partida, como una ráfaga de viento, se lleva todo de paso. La lúgubre sonrisa que una vez le iluminó ya no es más; Paula sabía que quien era dejaría de serlo, para convertirse en una marioneta de sus recuerdos sombríos. A ella nunca le importaron las sociedades anquilosadas que oxidaban las relaciones interpersonales. Las etiquetas comunes le venían holgadas, por lo que siempre prefirió dejárselas de lado, para simplemente vivir un día más.

Paula tomaba café, pero prefirió una vez dejarlo de tajo. Sus mañanas no eran las mismas. Paula bebía en exceso, hasta perderse y desvariar, pero un día sin aviso dejó de visitar los bares de su juventud. Las amistades parranderas buscaban de su compañía. Sin embargo ella optaba por no contestar el teléfono. Se quedaba en casa, a disfrutar a su familia: un gato, un sillón y una cobija.

Pasaba las noches leyendo mil y un temas, viajaba de tierra en tierra, las cabezas de los poetas y grandes cuentistas. Culminaba las largas noches de lectura con un suspiro, quizás un té y una ducha hirviendo de caliente. Se ponía alguna braga de algodón, los pijamas de franél y dejaba sus senos libres por la noche. Paula tenía un trabajo. Era una realidad que no podía andar por la vida leyendo y bebiendo té –aunque fuera una de sus más rebeldes fantasías-. Debía apurarse a dormir porque al día siguiente la jornada comenzaba temprano. La oficina no iba a esperar, ni la vida.

Dando una y dos vueltas en la cama, Paula no se decidía a si hacia frio o calor. Intentó primero encobijarse hasta la cabeza, pasados unos minutos comenzó a sentir unas gotas de sudor tibio perlar su frente. Con tres patadas hizo la cobija a un lado, se pasó la manga de su franela ligeramente sobre su frente y se dispuso a dormir. El sudor evaporándose comenzó a ondear en su cabeza, para después dejar en descubierto una nueva sensación. Comenzó a sentir a piel viva una ligera brisa que recorría su cuerpo, buscaba un medio, una grieta en su ajuar y por medio de ella comenzó a infiltrarse de manera sigilosa sobre sus piernas, erizando los cortos bellos que las completan.

De pronto la brisa subió hasta su vientre, pasando sus intimidades, y justo cuando comenzó a sentir endurecimientos, fue cuando por fin decidió que era frio lo que sentía, la sensación era conocida. Llena de arrepentimiento, a ciegas, palpó por todos lados de la cama para halar una de las esquinas de la cobija hacia con ella. Muy a su pesar, sólo pudo alcanzar una de las sábanas que componían las capas con las que se protegía.

Pensó sería suficiente.

Paula mira el reloj… han pasado ya cuarenta minutos desde que por primera vez se dispuso a dormir. La destemplanza le había costado ya casi una hora de preciado sueño reparador. Paula contempla el techo y se dispone a dormir.

Cierra los ojos y comienza a sumirse en una tranquilidad absoluta. Su cuerpo se comienza a soltar y siente que pesa cada vez menos. Por su cabeza pasan imágenes, como película, haciendo reminiscencia a todo lo que leyó un par de horas antes. Ahí era en donde todo cobraba vida de verdad. Podía ver con claridad impecable los rostros de aquellos personajes que protagonizaban la historia tan desgarradoramente adictiva a la que dedicaba su tiempo desde hace algunos días. Recordaba algunas líneas y pasajes de manera casi perfecta, otras simplemente las parafraseaba, sin perder, por supuesto, el ritmo y el sentido de la historia.

Paula les ponía voz y gesto.

La sala se encontraba desierta. Las luces apenas alumbraban el andador, en el ambiente se respiraba un sopor de incertidumbre y hierro. Una de las lámparas comenzaba a parpadear a intervalos arrítmicos. A lo lejos se escucha una puerta azotar. Se acerca… -pensó la señorita Adams-, mientras apresuraba el paso dejando huellas de sangre conforme avanzaba. De pronto, una puerta más cercana se escuchó retumbar. Decidió apretar más el paso, esta vez dejando el sigilo de lado. Los tacones hacían más ruido cada vez. La señorita Adams escuchaba pasos ahogados y apresurados a lo lejos. No había lugar a dudas, la estaban persiguiendo. Esta vez iba en serio. Con todo el valor que le quedaba, echo un vistazo atrás, la iluminación no le permitía ver más allá de algunos metros. No captó peligro alguno, sin embargo, los pasos ahí seguían.

Sin siquiera pensar en detenerse, la Señorita siguió su paso, había que doblar a la izquierda en la siguiente oportunidad, era un edificio grande y se tenía que conocer muy bien para evitar perderse entre sus alas y corredores. La salida estaba cada vez más cerca, sentía. Su corazón no bajaba el ritmo, sentía como golpeaba cada vez más violentamente las paredes de su pecho. Su respiración era agitada, pero no perdía la delicadeza y elegancia que siempre la acompañaba. La sangre de sus zapatillas se había secado, ya no dejaba rastro. Viró a la izquierda y logró por fin ver la salida. Corrió hacia ella, ignorando ya completamente todo intento por pasar desapercibida.

Paula comenzó a agitarse también. Pensar en aquella novela que la tenía tan atrapada definitivamente no le hacía bien. Eran ya las tres de la madrugada. Había perdido ya una hora más de sueño.

Paula, desde pequeña, sabía que las tres de la madrugada era una hora tenebrosa. Las historias que contaba su abuela tenían esta hora de la noche como protagonista, casi siempre. A las tres de la madrugada, decía la viejecita, se abrían los portales al inframundo, y todas las ánimas en pena comenzaban a deambular por las casas, las calles, los edificios y los hospitales.

A las tres de la mañana fue cuando a tu abuelo se le apareció el chamuco, decía siempre con una credibilidad envidiable para muchos políticos y comunicadores. Después de una borrachera, tu abuelo y su compadre iban a regresarse a la casa. Tomaron un atajo por la alameda y entre que se caían y se reían, se acompañaban a su destino. Tu abuelo siempre había sido muy coqueto con las mujeres, no respetaba casta ni alcurnia. Justo a la mitad del parque, un calandriero les hizo una señal. Faltos de juicio se acercaron lentamente. El calandriero, un hombre de unos 40 más o menos, con un gran bigote muy bien cuidado y una ropa muy fina, les convenció a subir con él, argumentando que iban para el mismo rumbo.

Paula siempre se preguntó, desde muy pequeña, cuando por primera vez escuchó la historia del chamuco de Alameda,  cómo es que el calandriero sabía hacia dónde se dirigían su abuelo y su compadre a tan altas horas de la madrugada. Pero también aprendió desde niña que a los ancianos no se les cuestionaba, que era una falta de educación hacerlo, por lo que esa duda y muchas más le aquejarán hasta el final de sus días, porque su abuela había muerto hace un par de años ya.

Al subir a la calandria, muy  adornada, se encontraron con una mujer rubia, de proporciones venusianas, con labios gruesos y ojos azules, profundos y seductores. La mujer les sonrió, dejando entrever una dentadura perfecta. Tu abuelo –continuaba la abuela de Paula- no iba a perder oportunidad con tremenda mujeraza, estoy segura –y se reía, siempre se reía en esa parte-.  La mujer rubia comenzó a hacerles gestos sugestivos a los dos. Los invitaba con un dedo a que se acercasen, y ni tardos ni perezosos ambos se sentaron, uno de cada lado de ella. Con una mano en cada pierna de la dama, tu abuelo y su compadre comenzaron el cortejo, ¡ay! Estos hombres nunca cambian.

Paula de pronto tuvo una epifanía: seguramente por aquellas historias, comentarios y programaciones tempranas por parte de su abuelita, seguía soltera. Nunca se le había dado eso de confiar, y menos en los hombres. Todo tenía sentido ahora.

Justo cuando los hombres comenzaban a caldearse más en ánimos, la despampanante mujer se convirtió rápidamente de la cabeza solamente en el mismo chamuco, con cuernos y todo. El calandriero chicoteó dos veces a los caballos y ellos relinchando comenzaron a correr frenéticamente. Se comenzaron a escuchar relámpagos y el chamuco se reía estruendosamente. Ambos, tu abuelo y su compadre, desesperados y asustados comenzaron a llorar. Así los encontré a los dos en el zaguán de la casa, abrazados y llorando, ¡semejantes maricones! quién los hubiera visto, no los reconocería.

Cuando a Paula le contaban esta historia, no sabía si reír o asustarse. El final tan ridículo e imaginarse a su imponente y macho abuelito llorando abrazado de otro hombre le pareció siempre muy chistoso. Y por otro lado, el concebir que el mismo chamuco anda rondando las calles de esta ciudad, buscando borrachos desprevenidos para llevárselos…

De pronto sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Miró el reloj, eran ya las 5am. Entre la cavilación y remembranzas había perdido ya casi todas las horas de sueño que le restaban. No sentía frio de repente, tampoco calor, no estaba asustada o intranquila… no había pensamientos, no había remordimientos. Su abuela ya descansaba y eso estaba bien. Las dudas que la aquejaban volvieron a postrarse pacíficamente en lo recóndito de su subconsciente. El calandriero y el chamuco volvieron a dormir. La señorita Adams, ya no corrió… por fin logró conciliar el sueño, el día por comenzar iba ser muy pesado y las horas que restaban eran muy pocas. Era mejor así.

De natura

Tan insensibles son, notas de sopor,

un gélido clamo sediento de libertad.

Las casas de los penitentes abandonados,

refugio silencioso y de cálido atavío.

 

Ir en contra de la naturaleza, ser quien no se es

blandas dicotomías de orgullos hirientes.

Gentiles las gotas de agua salada,

lavan las letras de la indiferencia y la cordura.

 

La razón es suficiente para el racional,

la desazón el palacio de los amantes.

Los frutos de polvosas cenizas, negaciones inmaculadas.

las promesas derrumbadas, construcciones de papel.

Una indirecta

Alberga un devenir mi inócua obstinación
Fruto de aberrantes bestias y harpías .
Casual y flagrante fuga buscan las obviedades,
timos de frutas de sal, y psiques desvariantes.

La lengua un arido desierto, sin miradas que rebuscan,
besos de lagunas secas, sin vida ni embestidura.
A tiro de piedra siempre se encuentran abandonados,
los pensantes de madera que buscan sin razón.

Altas morales siempre ajenas,
con sus busquedas implacables de una venia.
Al martir de los romances siempre le rezas,
y a la virgen de los lunares, que siempre atraviesas.

Como agua entre los dedos abandona la esperanza,
los añoros y el futuro de arena siempre son.
Sueños predestinados a siempre socavar,
ante la impalpitable sonrisa lúgubre que han de dibujar.

Los imaginarios: constructos de tierra y carne,
respirantes y sentientes de su alrededor.
Toca la mirada impotente de aquel pastor,
que sus dadivas y caricias expirantes ya son.

Temed de tu pasado, pero tambien de tu presente,
Cuidad de los agravios, aunque estén en tu mente.
Vivid y resonad cual estrella siempre has sido,
regresad con las manos llenas de sangre,
al final el redentor siempre las limpiará.

Carta a mí.

Tras una espera larga, numerosos contratiempos y un sinfín de personas y aventuras que siempre vas a llevar cerca del corazón, el viernes fue el día de tu graduación. A pesar de no haber asistido a tu acto académico por las razones que muy bien sabes,  la ocasión se me antoja como para reflexionar acerca de hasta donde has llegado desde aquel verano del 2009 en el que iniciaste tu sendero hacia volvernos en el ser más o menos funcional ante la sociedad que eres hoy.

Comienza por lo que aprendiste. Sabes ahora que las amistades no son para siempre, como llegaste a creer. Que tu círculo de confianza se hace cada vez más chico, cosa que muchas veces te dijeron, pero te negabas a aceptar. Afortunadamente esas personas que siguen, son con las que hiciste una decisión consciente de quedarte y, para bien o para mal, siempre te han acompañado en tu camino. Ahora sabes que lo importante es lo que haces, no lo que dices ni lo que tratas de demostrar, que no hay camino más honorable que el de la sinceridad y el trabajo duro.

Aprendiste que decir no siempre que lo sientas es bueno y que el peor error que pudiste haber cometido es querer quedar bien con todos, a expensas de tu integridad y tu valor como persona. Poco a poco dejas de ser tan condescendiente y comienzas a ser más compasivo, lo cual no es malo en lo absoluto, siempre y cuando se haga sin ego. Ahora sabes contener tus opiniones, prefieres que las cosas a tu alrededor sigan su curso natural, entiendes que cada quien lleva su proceso y el que existan personas que deciden vivir o hacer las cosas diferente, no implica que sean incompetentes o estúpidas, simplemente transcurren su propio ciclo de manera paralela.

Desgraciadamente has notado que la competencia en esta sociedad está centrada en las apariencias y en la imagen de los contendientes, que las capacidades y talentos siempre están en segundo plano y que  por más que te esfuerces, el camino de la sociedad está trazado y, al igual que las personas a tu alrededor, la sociedad también sigue sus ciclos. Ya no resistes más esta realidad, ahora te acoplas a ella y tratas de sobrevivir en un medio que no es el tuyo, pero poco a poco lo irás dominando, siempre lo haces.

También, por fin, encontraste lo que te gusta hacer, y ahora lo haces. Solamente tienes que seguir peleando contra la pesadumbre del día a día, contra la rutina y el conformismo. Tu cien no es el cien de los demás, nunca se te olvide. Por fin aceptaste, después de romper todas esas libretas de poesía y cartas sin destinatario, que el medio escrito es en el que te sientes más cómodo, y lo has comenzado a capitalizar espiritual y monetariamente. Tarde o temprano lo harías.

Tuviste ya varios encuentros con el amor. Lo que pensabas que sería para siempre de recién que comenzaste, resultó ser más perecedero que la vida misma. Aprendiste que los romances son solo eso y que las caricias son lo único por lo que no se debe mendigar. Ahora sabes tu valor como persona, como profesional y como pareja, y tienes límites bien marcados de lo que consideras nocivo para ti. Las interminables peleas caprichosas por estar con quien no debes, y la negación a dejar ir desaparecen poco a poco (sigues en proceso de ello). La soledad dejó de ser aquella maquina destructiva, para convertirse en ese campo fértil de creatividad y de crecimiento personal que muy bien conoces.

Aprendiste que lo que los demás esperan de ti no es lo que tú quieres para ti. Sabes ahora poner límites a aquellas personas que buscan explotar lo que tienes y a valorar esos talentos tan raros aparentemente en la sociedad de hoy en día. Ahora sabes que el amor no es sino aquella sensación de querer estar con alguien a pesar de las diferencias. Emitiste un te amo verdadero al saber que necesitabas estar ahí para que esa persona se sintiera bien, y acompañarla durante los procesos más difíciles. Con esta experiencia sabes ahora que las risas valen mucho más en los tiempos difíciles, pero que también cuesta más trabajo provocarlas y expresarlas durante estas rachas malas. Y también ahora sabes cuando un nosotros ya no es más.

Sigues trabajando, ahora en ti, no en los demás. Te tardaste, pero por algo se empieza, y te aseguro que valdrá la pena, ten paciencia, escríbete más seguido y no dejes de ser tú por ser el alguien de cualquier otro.

Gracias por siempre estar ahí para mi, y recuerda que lo mejor, aunque parezca que ya está aquí, apenas comienza.

I. Arribos y partidas

Aquella tarde urgía un respiro, con la boca seca me acercaba a la sala de abordar. Pasé por los arcos de seguridad, quitándome todo lo que traía puesto que pudiera generarme problemas: mi hebilla, el encendedor que me había regalado Paula en aquella navidad de hace ya casi un par de años, la billetera café que me ha acompañado ya desde hace tiempo,una cajetilla de cigarros Marlboro rojos a medio terminar, a los que desde joven me había acostumbrado, un par de monedas que cargaba en el  bolsillo, las llaves de mi piso y del automóvil, un teléfono celular que a la vez la hacía de cámara y reproductor de música (compañeros de viaje imperdibles) y mi chaqueta.

Todo se fue a la pequeña caja color azul que te proveen las autoridades del aeropuerto para que deposites tus pertenencias que serán examinadas; pasarían por aquella banda de hule juiciosa. Veía cómo mis pertenencias se alejaban lentamente de mí, aunque sabía que volverían tarde o temprano, después de ser inspeccionadas por el escáner de rayos X. La seguridad aeroportuaria en aquellos días era aún más severa que de costumbre, temían por las armas, por las bombas, por las plagas… por todo temían.

A mí me daba igual, nunca me había afectado directamente ninguno de aquellos males salvo alguna gripe que podía recordar, acompañada de fiebre y un carrasposo dolor de garganta o un asalto en mi vida de estudiante de preparatoria; nada que me hubiese traumatizado a tal grado que la paranoia colectiva de los miedos masivos me afectara de manera significativa.

Recogí mis pertenencias después de que el guardia de seguridad me diera la señal de que podía pasar sin problemas. No pude evitar sentir nerviosismo a pesar de que no cargara con ningún artículo prohibido. Es de humanos, creo yo, sentirse intranquilos ante cualquier tipo de inspección aunque conscientemente tengamos presente que no nos pertenece nada incriminante. Al menos, es un sentimiento peculiar que yo experimento: ese nudo en la boca del estómago que, dependiendo del lugar y autoridad, se puede expresar hasta en algunas motas de sudor frío en la frente.

Me incorporé e hice caso a la señal, volví en mí, reacomodé mi cinturón, me eché a los bolsillos monedas, llaves, teléfono y el encendedor, que metí en la caja de cigarrillos, sin importar el orden original y puse mi cartera en el bolsillo posterior del pantalón. Tomé mi chaqueta pasándola sobre mi antebrazo, revisé que nada se quedara en la caja azul y me retiré.

La maleta que cargaba estaba ya documentada, cargaba con sólo lo básico y esencial: un par de cambios de ropa, dos pares de zapatos, artículos de higiene personal, dos novelillas cortas de algún autor latinoamericano que no recuerdo muy bien –aunque recuerdo bien que era latinoamericano porque por esas fechas estaba en ésa etapa de mi vida como lector-, y un par de documentos que había que entregar al señor J, patrón de mi patrón que esperaba con ansia dichos sobres; no me inmiscuí mucho en asuntos que no me pertenecían, importaba que los papeles eran de carácter clasificado y urgente y había que entregarlos en mano allá en la capital. Misión que se me había conferido y que era el motivo principal de mi visita a aquellos rumbos.

Continué con mi camino en el pasillo que me conduciría hacia la sala C1, de la que partiría el avión, al acercarme a la sala de abordar pude ver algunas tiendas para viajeros desprevenidos que pudiesen haber olvidado comprar algún souvenir de la ciudad de la que procedían, librerías con revistas a las que no se tiene acceso en los puestos de periódico comunes y corrientes, aquellas que hablan de finanzas, política, gente importante y sus familias, y otros temas que le son interesantes a aquellos que aspiran pertenecer a esas élites y hacen su camino en la escala social.

También había pequeñas tiendas con alimentos sencillos: sopas instantáneas, emparedados, refrescos y golosinas, todo ridículamente costoso, sin embargo algún desprevenido pudiente podría acceder a ellas fácilmente en caso de que el hambre aquejase. Y es que uno ya no puede fiarse de la comida del avión, han pasado de ser decentes a insuficientes o hasta inexistentes. He escuchado que en algunas aerolíneas ya las cobran y para el caso, da lo mismo comprarla en la sala de espera o esperarse.

Llegué por fin a mi destino, una sala con butacas blancas en filas que descansaban contra la pared… a la vista parecían incomodas. Faltaba una hora para que partiera el vuelo, el ambiente era amenizado por la voz de los megáfonos anunciando arribos y partidas. El lugar estaba a medio iluminar, pasaba la media noche. La vibra era festiva: navidad estaba cerca, asumí que los que estaban a punto de convertirse en mis compañeros de viaje irían a visitar en su mayoría sus seres queridos para celebrarla.

Me acerqué a una de las butacas a lado de una otoñal dama, algunas canas iluminaban su pulcra y bien peinada cabellera, hice una mueca denotando amabilidad, entrecerrando los ojos y articulando una somera sonrisa, ella lo respondió casi de la misma manera, evidenciando con sus arrugas aún más su edad. Reparé en su indumentaria: un abrigo negro cubriendo su blazer azul rey, pantalones tipo sastre de color gris oscuro y unas zapatillas de piso negras, eso sí, bien lustradas.

La señora cargaba con pocos adornos en su persona, un par de aretes de oro y su argolla de matrimonio, por supuesto era casada, su fisionomía componía una figura esbelta con despojos de un rostro que en su tiempo de apogeo hubiese sido aún más cautivador: pómulos afilados, labios gruesos y ojos penetrantes enmarcados por cejas anchas bien cuidadas y una nariz respingada.  Simpaticé de inmediato con ella ya que lo único que cargaba, además de su bolso, era un libro que leía con casi inquebrantable concentración.

Yo también viajaba ligero y disfrutaba del silencio y la buena lectura. Busqué en mi chaqueta la documentación del vuelo, revisé mi pase de abordar para ver mi número de asiento: 10F. Me vino a la mente el deseo de que fuera esta mujer mi compañera de asiento y no un ruidoso e inquieto niño o algún adulto conversador.

No sabía cuál era peor.

Miré mi reloj: diez minutos habían pasado, treinta más para comenzar a abordar. Repasé en mi cabeza si había dejado todos mis pendientes consumados: mi casa había quedado bien asegurada, la gotera del lavabo había sido reparada hace unos días, Julieta me había hecho el favor de cuidar a Tino, mi gato, las llaves de paso del gas estaban cerradas. Tuve que revisar dos veces, no quería regresar a un piso quemado. No tenía muchas pertenencias entonces, sólo lo básico, lo que necesita cualquier hombre para sobrevivir, aun así, cuidaba mucho lo que poseía.

Al parecer todo estaba en orden.

Di un segundo vistazo a la sala, habían llegado otros futuros pasajeros, algunos estaban instalándose y otros ya en letárgica víspera del anuncio de partida. Un hombre alto con una bufanda gris a cuadros una señora cuya hija, sumida en su celular “inteligente”, la ignoraba categóricamente, una pareja de novios jóvenes tomados de la mano: él platicando cándidamente de algún tema fascinante, o al menos así lo hacía parecer la expresión de ella, quien escuchaba atenta sus palabras.

Por la esquina estaba un viejo leyendo el diario con gesto de mortificación e indignación, tal pareciera que los que tienen un órgano más o tal vez algún callo en el cerebro que les permite cabrearse más por la situación nacional son los viejecitos; quizás los años les han enseñado a ser idealistas en su pasado, realistas en su presente y pesimistas en el futuro que ahora viven, muy al contrario de aquellos que gozan aún de sus años mozos. Las realidades, ideales, pésimas u óptimas son acomodables a  según la situación convenga, eso era lo que había creído desde que tengo conciencia.

Volví a mirar mi reloj, habían pasado apenas otros cinco minutos. Siempre que me encuentro en situaciones de espera, me vienen a la mente recuerdos que pesan como plomo. Metí mi mano a uno de los bolsillos de mi chaqueta para alcanzar mis cigarrillos. Tan pronto hice semejante maniobra, la señora otoñal despegó sus ojos de aquella novela que leía con embeleso para voltear hacia mí con ojos prejuiciosos, señalando de manera incómoda con la mirada el paquete de cigarros.

Tan pronto me percaté de la situación, disentí con la cabeza, para hacerle saber que no soy un salvaje forajido de la sociedad, que por supuesto sabía que, en una sala de espera encerrada, estaba tajantemente prohibido encender un cigarrillo, y que mucho menos me atrevería a calar el humo en mi garganta habiendo niños y viejecillos presentes. Por el contrario, lo que quería era solamente sostener un rato el encendedor que se encontraba dentro de la cajetilla.

Casi cumplía mi segundo  aniversario con él, era un Zippo de color negro mate. Cada que mi cabeza divagaba en recuerdos, me aferraba a ese rectángulo de metal frio, cual si fuera una cuerda que evitase que me cayera a un precipicio, como si el contacto con el metal inanimado me recobraría el sentido y evitara que perdiera el rumbo y me olvidara del motivo por el que hago lo que hago.

En medio de semejante cavilación, sonó por las bocina aquella melodía de cuatro tonos escalantes, tan pronto terminó aquel jingle, una voz masculina clara y bien modulada anunció la llegada del vuelo de las doce con veinte proveniente de Guadalajara y anunciando que el vuelo que parte a la capital, saldría en 10 minutos más. Consecuentemente, el pasillo principal de la sala de espera comenzó a llenarse de personas que venían más dormidas que despiertas. Familias enteras llegando a la ciudad quizás a pasar un par de semanas con sus seres queridos.

Todos con los ojos cansados pero llenos de esperanzas, y es que las fiestas lo ameritaban, estaban llegando justo para festejar una de las tradiciones irónicamente mejor conservadas del país. Para mí la navidad era una de las más anheladas desde que tengo memoria. Primero, de niño, por los regalos. Quién sabe si el niñito dios habría leído mi carta, y si me habría traído lo que le pedía. Siempre fui muy consciente de que al niñito dios a veces se le complicaba traer todo; que había, como yo, millones de niños que esperaban recibir algo, así que siempre me moderé en mis querencias, de seguro mi madre agradecía infinitamente aquella forma de pensar mía.

Después fui tomando más conciencia de la realidad, pero la magia no había desaparecido, ahora era la convivencia la que me esperanzaba. Ver a todos mis tíos reunidos, alegrados por el festejo y por las copas, todos felices. En una navidad, una prima me dijo, todos nos tenemos que perdonar. No había más discusión a aquel mandato que a mis 11 años parecía venido por el mismo dios que nos vigila y nos castiga.

Conforme fui creciendo y perdiendo la inocencia, me percaté que el sentimiento se volvió nostalgia de recordar con añoro aquellas navidades en las que fui más feliz de lo que me creía capaz. Al ver iluminadas las calles, los villancicos en todas las tiendas, las posadas organizadas por la gente y al contagiarme de aquella magia, que si bien no era propia ya, sino de las familias que me rodeaban, calentaban mis adentros de manera inexplicable. “Nunca pierdas ese amor por la navidad” me decía Paula, quien era una ferviente aguafiestas de aquella ocasión.

El encendedor se había calentado de tanto sostenerlo entre mis manos. De pronto retomé conciencia, y me percaté que dos aeromozas estaban ya postradas en un mostrador tipo podio, y algunas personas, que ya eran más que la última vez que había reparado en ellas se comenzaban a formar frente a él.  Metí el encendedor en mi bolsillo, tomé mis cosas y me apeé para posteriormente dirigirme a la fila.

Cuando llegó mi turno, una de las señoritas amablemente me sonrió, ambas eran bellas de profesión, había que serlo para poder trabajar en una empresa de aeronáutica, era una regla no escrita a la cual nunca fui muy afín. Me pidió mi pase de abordar y una identificación, le alcancé la hoja en donde venia mi nombre y asiento, metí mi mano al bolsillo trasero de mi pantalón para sacar mi billetera, en donde tenía mi identificación. Ella, continuando con su tono amable en papel de embajadora de la compañía, me señaló el camino que llevaba a un pasillo frio al cual el avión conectaba. Metí mi identificación y tomé mi pase de abordar y procedí a caminar con paso firme, ensanchando los hombros y el pecho hacia donde ella me señalaba.

¿A dónde vamos a parar? (o ¿por qué no votamos?)

¿EN SERIO BAJA, ÚLTIMO LUGAR EN PARTICIPACIÓN EN ESTAS ELECCIONES? #meduelesbaja

elecciones 2015

Elaboración propia con datos del PREP 2015, INE.

Los jóvenes dejamos de ser un público cautivo para convertirnos en target. Tal parece que los políticos de antaño por fin se convencieron de que los jóvenes somos  la clave para ganar elecciones. Y es que entre más navegamos por redes sociales, podemos observar que los partidos se enfocan en mensajes frescos, que le atraigan a la chaviza. Vemos más entrepeneurs de los medios o a los emergentes community managers con sus camisas de colores chillantes y sus lentes emblemáticos, asesorando a jefes de campaña y candidatos por igual acerca de cómo llegarle a las audiencias y qué hacer para en primer lugar sacarlos a votar, y en segunda, que vean a sus partidos como una opción fresca, diferente.

Ni los partidos de izquierdas, siendo los que más suelen atraer a aquellas mentes revolucionarias, a los que están sedientos de cambio y buscan justicia social, están haciendo un buen trabajo en esto, al contrario, de acuerdo a una encuesta realizada en abril por Parametría, el voto fuerte de aquel partido que es sinónimo de cambio: MORENA, está en las personas de 46 a 55 años. El voto del PRD, el gran perdedor de estas elecciones, está en los adultos de 36 a 55 años.  El único partido político por el que los jóvenes manifiestan una inclinación evidentemente más alta es el Partido Verde Ecologista de México, o el PRI-Nice, como me gusta decirle.

Eso sí, se nota muy clara la tendencia de por cuál los jóvenes no votaron  en estas elecciones, a pesar de los múltiples selfies de PRIístas jóvenes expresando su voto por el Sr. Camarena, el: PRI. Todos los memes y las burlas al Presidente de la República han surtido efecto, y uno importante en el perfil de los que votan por el Revolucionario Institucional.

Sin embargo, uno de los enemigos más grandes de cualquier sistema democrático es el ausentismo en las casillas el día de las elecciones. Este es un fenómeno particularmente arraigado en la sociedad y los jóvenes no somos la excepción. Con la intención de combatirlo, hace un par de años (2006, ya estamos viejos), se impulsó una campaña cuyo lema central fue “Si no votas, cállate.” En dicha campaña, actores y celebridades bien conocidas por la audiencia invitaban a votar por los candidatos nacionales que ya conocemos.

La reacción no se hizo esperar, “ni voto, ni me callo”, se leía en redes sociales (prematuras en aquel entonces) y en pancartas en mítines. Año tras año, autoridades electorales y partidos políticos pagan millones de pesos a grupos consultores y a asesores para que descubran la fórmula mágica que podrá atraer a los adultos jóvenes y a los primeros votantes a las urnas, y que su decisión les sea favorable.

El problema es más profundo que eso, nos encontramos ante una crisis de confianza en los políticos y sus instituciones. De acuerdo con la encuesta realizada por Latinobarómetro el 96% de  los jóvenes de 16 a 25 años muestra algún grado de insatisfacción con el desempeño de la democracia en México y casi un 80% manifiesta desconfianza en los partidos políticos del país.

El problema al que nos enfrentamos es más grave de lo que muchos lo perciben. La pregunta no es ¿Cómo hacer para que salgan a votar? Ni ¿Cómo hacemos que voten por nosotros? La pregunta que los políticos y las instituciones electorales deben hacerse es ¿Cómo hacer que los jóvenes recuperen la confianza en el sistema político del país? ¿Cómo remendar el sistema en una sociedad cada vez más joven e interconectada?

A manera de reflexión final: los recursos deberían ir destinados a una consulta  juvenil, con base en  los resultados de las encuestas, algo tenemos que decir…